Una obra compartida adquiere identidad cuando el proceso transforma las voluntades que la iniciaron.
Alina y yo llegamos a la pintura por motivos distintos. Ella suele buscar dignidad, emociones claras y personajes con una personalidad propia. A mí me atraen primero la forma, el color, el peso de los elementos y la construcción realista de una atmósfera.
Nuestras diferencias encuentran un cauce especialmente visible en los patrones. Alina establece una primera resolución sobre la tela y yo trabajo a partir de ella. Conservar su búsqueda me obliga a comprender decisiones que yo no habría tomado y, de algún modo, a hacerlas también mías.
Refinar sin sustituir significa trabajar dentro de una lógica ajena: corregir una línea, reorganizar un color o reconstruir una zona procurando reconocer el código que todavía está en formación. El reto consiste en conservar mi propia voz dentro de una intención que comenzó en otra persona. El proceso aumenta el tiempo y el esfuerzo, pero también reeduca la mano. Aprendo a resolver aquello que no había imaginado.
Esta relación aparece en distintos momentos del trabajo: el boceto, el movimiento, la luz, el color y la ejecución material. Ambos avanzamos sobre decisiones del otro antes de saber por completo cómo habremos de resolverlas.
Al describirlo, a veces resulta difícil saber si estamos hablando de nuestro trabajo o de la construcción de un hogar.
Alguna vez leí que la vida se parece a un boceto: vivimos sin ensayo previo y cada decisión sucede por primera vez. Algo semejante ocurre en una obra compartida. Ninguna pintura alcanza a mostrar por completo lo que sucede dentro de una cabeza, y mucho menos dentro de dos.
Cuando firmamos, aceptamos esa imposibilidad.
Me gusta firmar. Es una pequeña conquista en complicidad. La firma reúne en un instante las decisiones, las renuncias y las contrariedades que atravesamos durante el proceso.
La obra firmada es el reconocimiento común de aquello que nunca resolvimos por completo y que, aun así, aprendimos a amar.
—Mauricio Sagástegui

