Del arte conceptual a la inteligencia artificial
Históricamente, el valor de una obra dependió en gran medida de la habilidad técnica del artista: lo difícil de hacer era también lo admirado.
El arte conceptual rompió esa relación al demostrar que una obra podía surgir de una idea y que su ejecución podía delegarse. Décadas después, la inteligencia artificial produjo un efecto semejante desde el extremo contrario: no eliminó la imagen, sino que volvió su creación casi instantánea e inagotable.
Entre estos dos momentos, dominar un oficio dejó de ser prueba suficiente de que algo es arte.
Una pintura impecable puede ser un cascarón vacío; del mismo modo, una idea provocadora puede necesitar un manual de instrucciones para sostenerse. Si la ejecución puede delegarse y la imagen puede generarse en segundos, ¿qué sentido tiene sentarse a fabricar una obra con las manos?
Quizá la técnica ya no deba verse como una simple exhibición de habilidad, sino como un modo de pensar. La materia ofrece resistencia: confronta al artista, lo obliga a tomar decisiones y transforma lo que tenía en mente. Pintar o construir no consiste solamente en darle forma a una idea, sino en descubrir aquello que la idea no podía resolver por sí sola.
La técnica ya no garantiza el arte. Es, más bien, el terreno donde la obra termina de definirse: el acto consciente de transformar una idea abstracta en presencia viva a través del cuerpo, la materia y el tiempo.

—Mauricio Sagástegui
